Durante los últimos años, con el afán, al menos eso entiendo yo, de mejorar la calidad de la educación en el Ecuador, se han emprendido en una serie de procesos, entre los que encuentra destacada presencia el tema de la evaluación.

 

Evaluación que aparece como un mecanismo válido para medir los logros educativos y el desempeño de los maestros; eso sí, sin perder de vista que la evaluación no es un fin en sí mismo, sino un mecanismo a través del cual nos informamos si se cumplen o no las metas previstas.

 

Sin embargo, a la luz de lo que está ocurriendo en el país, con atropellos como los que supuso el cierre de universidades en medio de la noche y con piquetes policiales, con el anuncio de despido de profesores que rebasan cierta edad, con la exigencia de que todos o la gran mayoría deben tener sus Phds en un plazo relativamente breve, con la exigencia de llenar una serie de formularios, de formas, de reportes, parecería que el pánico cunde entre los maestros; y aquí no nos referimos solamente a los profesores universitarios, obligados a pasarse llenando interminables informes y reunir una serie de notas y datos; no, el tema se ha extendido a la educación técnica, a los colegios o niveles de bachillerato, a los profesores de educación básica, incluida la preescolar.

 

Un profesor promedio, que se pasa llenando tantos reportes, tratando de cumplir con los envíos de pensums, sílabus, etc, que además debe cumplir con X número de notas por alumno por quimestre, a qué hora realmente investiga, prepara sus clases reales, no aquellas que se hacen para cumplir con requisitos, sino teniendo en frente a sus alumnos de carne y hueso, con sus problemas, sus realidades personales, y a quienes no solamente debe educar, sino formar?

 

Si a esto se suman la serie de evaluaciones a las que son sometidos, para iniciar su carrera, para mantenerse en ella, para subir de categoría, para cumplir con cada requisito que se le ocurre a cada supervisor, director, burócrata, que a su vez tiene que reportar a su superior jerárquico, el tema se vuelve dantesco, confuso, no utilitario, inútil, ciego, inoportuno.

 

Parecería que con tanto preparativo y evaluación, deberíamos superar los estándares, verdad? Pero nada de eso está ocurriendo, la ya degradada carrera de maestros, está cayendo cada vez más en un pozo sin fin. Los maestros, de todos los niveles, han incrementado su estrés, se encuentran más desmotivados, asustados, angustiados y estresados.Es esa la educación que queremos? Estamos construyendo el país que soñamos? Ustedes tienen las respuestas.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.

EVALUACIONITIS Y OTRAS HIERBAS

La Hora

12 de febrero de 2013