ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

Hace unos días, a raíz de una fotografía en la que aparecía celebrando una fiesta de cumpleaños atrasada que algunas amigas de Guayaquil me habían organizado, algún comentarista de Facebook puso una nota indicando: “esta señora vive en un mundo aparte”, me puso a pensar en cómo se interpreta lo que se coloca en las redes sociales y qué imagen se puede transmitir a raíz de ellas.

 

Pero también pensé en lo interesante y maravilloso que puede ser el vivir en un mundo diferente, uno en el que no existan las inequidades, la corrupción y las guerras, uno en el que todos los seres humanos tengamos comida suficiente, los niños el acceso a las escuelas y a una educación de calidad, en el que la salud sea accesible para la generalidad de las personas y en la que podamos soñar en conseguir nuestros anhelos sin que nos parezcan metas inalcanzables.

 

Un mundo diferente en el que no se oprima a los demás, no se les roben las esperanzas y los sueños, no tengamos que abrir con temor las páginas de los periódicos, sintonizar las noticias o enterarnos de las mismas a través de las redes sociales o del internet, porque allí encontraremos cristalizados los delitos de todo tipo, los crímenes más espeluznantes, las más aberrantes realidades.

 

Tal vez es hora de que todos podamos trabajar en la construcción de ese otro mundo diferente, aquel que alimente nuestra alegría y la de cada ser humano, sin importar su raza ni su condición.

 

Es hora entonces de que reflexionemos al calor de las fiestas navideñas, estas que nos hablan del amor, del sacrificio por los otros, del advenimiento de la luz y la esperanza, que se hacen evidentes en un niño nacido en un portal, en la solidaridad con los demás, en la esperanza de que todavía este mundo puede ser mejor, un mundo diferente.

VIVIR EN UN MUNDO DIFERENTE