Una figra monumental

Rosalía Arteaga Serrano

El historiador del arte y de la literatura, el crítico sin contemplaciones, el escritor y maestro, el luchador por la palabra y la estética, el hombre de cultura inmensa, el lector insaciable y el amigo imponderable, decidió irse de manera silenciosa, luego de subir a su amado Ilaló, luego de respirar el aire puro de su montaña favorita.

 

Hernán Rodríguez Castelo es una figura cimera, imprescindible en las letras y en la cultura ecuatorianas.

 

Tuve la suerte, allá por los años setenta, de asistir a uno de los cursos que dictó sobre apreciación de la literatura ecuatoriana, en mi ciudad de Cuenca, allí nació una amistad que no habría de extinguirse jamás, cimentada luego por su colaboración como editorialista en el diario Austral que fundáramos, luego como director del consejo editorial de la revista Cultura que creamos en el Consejo Nacional de Cultura en los años 90.

 

Qué de conversaciones magníficas recuerdo, con su humor a flor de piel, con sus comentarios atinados, pero también el deleite de leer historias maravillosas como “Historia del niño que era rey y quería casarse con la niña que no era reina”, o su “Fantasmita de las gafas verdes” o el “Caperucito azul”, “Tontoburro”, “Historia de Gris el gato sin amo”, que hicieron el deleite de generaciones de niños y no tan niños.

 

Su amor por la historia y la cultura le hicieron adentrarse en la investigación, en la búsqueda de los datos certeros, arrojando una vastísima obra, plasmada en volúmenes que no pierden actualidad y que son indispensables para comprender etapas de la trayectoria de personajes como Gabriel García Moreno, o también aprender sobre los autores de la literatura ecuatoriana.

 

Rodríguez Castelo es un grande en la literatura y en la cultura ecuatoriana, su legado permanecerá, hoy deja un vacío en el campo de la investigación y de literatura, muy difícil de ser llenado.