SIN BRÚJULA

El Tiempo

25 de marzo de 2013

 

Uno de los temas que permanentemente ocupa los espacios de análisis, tanto a nivel nacional como internacional, es el de la educación.

En el caso ecuatoriano, se exhiben datos estadísticos que darían para pensar que todos los problemas se han solucionado y que queda muy poco por hacer en este tema.

 

Debemos sin embargo coincidir en que, si bien se han destinado mayores recursos económicos a la educación, no todos los que se debería, ni los que indica la Constitución, hay muchas deficiencias que desafortunadamente no constan en la cartera de las urgencias para el Ministerio de Educación.

 

En este sentido, vale la pena que reflexionemos en que mucho o todo lo que se decide, se hace sin tomar en cuenta a la mayoría de los maestros ecuatorianos, a los padres de familia y a los alumnos.

 

También, una parte importante de las recientes reformas, tienen más que ver, con lo que podríamos llamar una novelería, que con reformas profundas, que apunten a mejorar la calidad de la educación, a ganar autoestima en quienes ejercen la profesión de maestros, a incidir realmente en lo que son los primeros eslabones de la cadena educativa.

Un ejemplo es la división en quimestres, situación no trascendente, pero que ha ocasionado molestias en los calendarios familiares.

 

La decisión de crear el bachillerato general unificado, aún no sale de su empantanamiento, que ni siquiera guarda coherencia con las exigencias de las universidades, así como la falta de maestros para dictar las áreas como física, química, matemáticas, sigue siendo un problema que repercute en el proceso de formación.

 

La decisión de cambiar la vocación de una serie de establecimientos educativos, que ha desembocado en protestas que dejan un saldo de jóvenes presos y en peligro, es otro tema que debe abordarse con profundidad por las autoridades educativas.La carencia de una verdadera política de capacitación de los docentes, es uno de los factores que más incide en el desprestigio de la población, lo que hace que las facultades de pedagogía empiecen a quedarse sin alumnos y se desvalorice aún más una carrera, una profesión, que debería ser considerada entre las primeras, las mejor remuneradas y las de mayor reconocimiento, como ocurre en países más desarrollados que el nuestro.

 

Hace falta que se propicie un diálogo entre autoridades educativas, gremios de maestros, padres y alumnos, si queremos construir un sistema que realmente beneficie al país.

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.