SENESE ROSINGNANA

El Tiempo

27 de mayo de 2014

 

Conocí a Roberto Senese cuando estaba apenas llegado a Cuenca, con la comunidad de los salesianos y se interesó en lo que podíamos hacer en conjunto para dinamizar el teatro estudiantil. Yo, a la fecha, me desempeñaba como delegada de la Subsecretaría de Cultura en las provincias de Azuay y Cañar.

 

Al calor de las conversaciones y los intereses culturales, se desarrolló una entrañable amistad, que se tradujo en trabajos conjuntos, en su decisión de que fuera su madrina de matrimonio, en la traducción generosa que realizara de mi libro Jerónimo al italiano, en la presentación conjunta de libros, en charlas sobre la vida y el transcurrir de los pueblos.

 

Roberto no está más, pero su huella de gran humanidad persiste entre sus innumerables amigos, porque indudablemente, y esto lo pueden corroborar muchos, Roberto tenía el don de la amistad, la capacidad de hacer amigos y de conservarlos era parte innata de su personalidad.

 

Roberto Senese se fue muy pronto, demasiado pronto, cuando estaba en el auge de su producción intelectual, cuando tenía una serie de ideas bullendo en su cerebro y en su corazón, cuando todavía una cantidad grande de personas en Cuenca, la ciudad que adoptó como suya y que también le adoptó, requerían de su consejo y ayuda, de sus palabras de aliento o de oportuna orientación, necesitaban de su palmada en el hombro, de su risa espontánea, de su reflexión y guía.

 

Su mujer y su hijo se quedan en una orfandad,  la que sabrán mitigar gracias al apoyo de sus amigos. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo, podremos recordar siempre su sentido del humor, la rapidez de su palabra para contestar todas las “provocaciones” intelectuales, la solidez de su formación y la capacidad de gran conversador que siempre le acompañó.

 

Mi recuerdo Roberto para el amigo, el conversador, el hombre de su tiempo.  

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.