Había salido recién del Ministerio de Educación, y me convocaron a un conversatorio en un canal de televisión, el otro invitado era un sacerdote alemán que vivía en Santo Domingo de los Tsáchilas, el diálogo fue fluido y allí se cimentó una amistad que habría de durar toda la vida.

 

Recibí sus visitas en los despachos oficiales, fui invitada innumerables veces a Santo Domingo, inclusive para su posesión como primer obispo de la Diósesis de Santo Domingo, no podía faltar a un evento tan importante, así como participé en inauguraciones de puentes y caminos, en la inauguración de la capilla de Bombolí, en una de cuyas paredes se había pintado un angelito con la cara de Jerónimo y también fui honrada con la invitación para participar en la primera conferencia magistral en la recientemente creada extensión de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador en esa ciudad.

 

El obispo de Santo Domingo, Emilio Lorenzo Stehle, además de pastor de almas, dedicado por entero a sus feligreses, constructor de capillas, de conventos, era un hombre infatigable, conseguía los recursos de las donaciones de sus compatriotas alemanes, se preocupaba de que la Santo Domingo que crecía a ojos vistas, tuviera puentes y caminos, el que la comunidad de los Tsáchilas no fuera desatendida.

 

Amaba la cultura, la literatura, la pintura, la música; era un hombre de dimensión universal, que obtuvo una candidatura para Premio Nobel de la Paz por su labor en Centro América. No perdía la alegría y su energía era sorprendente.

 

Lamentamos su partida definitiva, hay un pueblo, el de Santo Domingo, que no quiere olvidarlo, han perennizado su memoria con un monumento, pero sobre todo sus amigos, los que lo conocimos y valoramos en su calidad humana, jamás dejaremos que su memoria y su legado se pierdan.

Se llamaba Emilio Lorenzo