ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

La actual situación que vive el Ecuador, en el que un escándalo nuevo surge cada día y en el que no sabemos qué nueva noticia de corrupción se ventilará en los medios de comunicación y en las poderosas redes sociales, puede provocar una especie de saturación, de cansancio, hasta de acostumbrarnos, como que el que unos inescrupulosos se apropien de los recursos públicos, fuera lo normal, como que las propinas, las coimas fueran el pan de todos los días.

 

Como que niños abusados, acosados, violados, hacen parte de una sociedad permisiva, indolente, impasible frente al dolor ajeno. Como que los comentarios falaces que aparecen grabados, y que reflejan la opinión de personajes poderosos en el entorno presidencial, cayeran en una especie de saco roto de la indolencia nacional.

 

El riesgo es enorme, por ello debe primar la exigencia a las autoridades judiciales, de que lleguen hasta el final de las investigaciones; los ecuatorianos no podemos conformarnos con menos, ni dejar que la impunidad campee, que los delincuentes salgan bien librados o con las condenas menores.

 

Tampoco debemos transigir con el irrespeto a la ley, con la burla diaria a la fe pública, porque eso nos lleva a un estado de irracionalidad, de vigencia de la ley de la selva o de la del más fuerte, de quien tiene la sartén por el mango y por lo tanto abusa de los otros.

 

No es dable que nos conformemos con las obras mal hechas, inconclusas, deleznables, con sobreprecio. Porque ello atenta contra el patrimonio nacional, contra el de los más pobres, que sufren las consecuencias, contra el bienestar de los niños y los ancianos, contra el de las futuras generaciones.

 

No dejemos que el cansancio nos agobie. Hay que mantener la vigilia permanente y el imperio de la ley por encima de la pequeñez de los rateros y de los pillos. El principio de ecuatorianidad y de vigencia de los derechos humanos lo demanda.

QUE NO NOS GANE EL CANSANCIO