ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

Es sabido que cuando inicia el año, cualquiera que este sea, somos proclives a hacer una serie de compromisos y de promesas que generalmente no se cumplen, que se quedan al nivel de las buenas intenciones y que nos dejan luego con un sabor de insatisfacción, que tratamos de edulcorar con nuevos proyectos, con proposiciones que tapan los errores o los fallos cometidos.

 

En el caso del estado ecuatoriano, el gobierno que nos dirige, no puede ni debe actuar con esa despreocupación que tenemos en lo privado, porque la inacción o las acciones inadecuadas nos pueden conducir al descalabro como país y como sociedad.

 

Si bien la consulta popular le está dando una especie de compás de espera, este tiene un limitado tiempo, y se hace realmente indispensable ver con claridad una política económica que privilegie la austeridad y la generación de nuevas inversiones y de empleo, ya que una proyección realista nos pone entre los países a la cola de los Latinoamericanos algunos de ellos mucho más atractivos para la inversión por causa de sus políticas económicas acertadas.

 

En la política internacional hemos visto algunos cambios interesantes con diplomáticos de carrera, pero eso no es suficiente. La extraña adhesión a todo lo que hace el Alba y los países de la denominada revolución socialista del siglo XXI, generan desconfianza y perjudican las relaciones con otros sectores, así como la permanencia de Assange en la embajada ecuatoriana en Londres.

 

Por ahí deben venir los cambios, acompañados de una lucha sin cuartel a la corrupción, sin temor a que caiga quien deba caer.

QUÉ PODEMOS ESPERAR DEL AÑO NUEVO