ORQUÍDEAS EN EL AEROPUERTO

El Tiempo

9 de septiembre de 2014

 

Para quienes viajamos con cierta frecuencia a Guayaquil, no puede pasar desapercibido el esfuerzo que ha hecho la Municipalidad de dicha ciudad, para darle un aspecto renovado al aeropuerto que sirve a los miles de pasajeros que diariamente transitan por sus salas y pasillos.

 

La primera impresión de quien llega, y me estoy refiriendo al arribo nacional, cuando se descienden las escaleras eléctricas, es ver aparecer paulatinamente una pared llena de follaje y flores, con un refrescante efecto que definitivamente es como una placentera bienvenida a la ciudad más grande de todas las ecuatorianas.

 

Esa imagen del jardín vertical, que desciende a una pequeña plataforma en la que se ve un estanque con movedizas carpas rojas en su interior, es una verdadera obra de arte, hay arbustos pletóricos de musgos por entre los que se vislumbran bellísimas orquídeas de diversos colores, que emergen a lo largo de los metros de extensión de este jardín exterior, que parece conjugarse con lo verde que se vislumbra en los exteriores del aeropuerto.

 

Las orquídeas son foco de atracción, no hay nadie que se sienta inmune y deje de admirar las plantas y las flores magníficas que se ofrecen a la vista de todos, de quienes venimos, sea en horas tempraneras o en las de la noche, para trabajar en la ciudad-puerto, para apreciar la acogida generosa que siempre se nos brinda.

 

Los colores de las orquídeas nos dan la idea de llegar a un jardín mágico, soñado. Y la impresión de frescura permanece por largos momentos en nuestras retinas.

 

Lo interesante es que lo del aeropuerto no es una iniciativa aislada en la ciudad de Guayaquil, se conjuga perfectamente con los jardines de los malecones a la vera del río, es perfectamente sintonizable con los murales que se descuelgan por cada puente o paso a desnivel en muchos sectores de la ciudad, donde los mosaicos coloridos reflejan la historia de la ciudad, de sus costumbres y tradiciones, los trazos de su cultura, la maravilla de su biodiversidad y sus paisajes.

 

Cuando se hacen las obras, pequeñas o monumentales, que se ponen al servicio de la comunidad, jamás hay que dejar de pensar en lo estético, en que lo funcional no tiene porqué ir reñido con la belleza, en que lo que se construye es parte del entorno paisajístico que a la vez que cumple una función, debe también alegrar el espíritu y regalar a los ojos.

   

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.