MENSAJE NAVIDEÑO

El Tiempo

23 de diciembre de 2014

 

Cuando pensamos en la Noche Buena y en la Navidad, hay la predisposición a hacerlo con la convicción de que los sentimientos nobles deben hacerse presentes, que la tibieza de aquel pesebre que cobijó al Niño, cuyo advenimiento cambió la historia de la humanidad, debería permanecer con nosotros, al menos por unos cuantos días, en los que hay esa mezcla de solidaridad, de amor, de alegría y también de devoción, al menos para el mundo en el que predomina la vigencia de los valores cristianos.

Al margen de las luces, la algarabía, el intercambio de regalos, el ruido que el comercio genera en las calles, en los centros comerciales, en las oficinas, en las instituciones y hasta en los pasillos de todos los lugares que he mencionado, vale la pena pensar en este tiempo como en uno de paz y de reflexión.

Un tiempo en el que podemos dejar de lado las rencillas, las competencias, los odios, los resentimientos y dejemos que en nuestro corazón y en la mente se haga un espacio para esos sentimientos buenos y nobles, aquellos que desde el punto de vista psicológico, espiritual y físico, nos colmen de una maravillosa y tibia sensación de que estamos en paz con los otros y con nosotros mismos.

Maravillarnos ante el milagro de lo que ocurrió hace más de dos mil años, forma parte de lo que la tradición cristiana nos ha legado, pero también sentir que somos parte de un todo, de un planeta y de una humanidad únicos. Todavía, a pesar de los insistentes intentos, no se han descubierto trazas de vida en los otros planetas y galaxias, pero, aunque los hubiera, las características de nuestro mundo serían siempre singulares.

Pensar con amor, actuar con amor, deberían tal vez ser las consejas en estas fiestas actuales, empezando por la casa, la de uno, por la relación con la familia, con los amigos que nos rodean y que rebasen la preocupación por los usuales regalos y presentes y vayan mucho más allá, a las manos extendidas, a los abrazos que estrechan amistades,  a las sonrisas, a la armonía que tanta falta le hacen al mundo.

Desde esta columna, con la que semanalmente llego a ustedes mis lectores, les deseo una apacible y amorosa navidad, un espacio de paz, de tranquilidad, de buenos pensamientos y mejores acciones.


 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.