ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

Uno de los errores que se suelen cometer reiteradamente, sobre todo en el ejercicio de la actividad pública ecuatoriana, es pensar que con cada período de gobierno se inaugura el país, y se trata de echar por la borda el trabajo que hicieron los anteriores y sobre todo el inmediatamente anterior.

 

Por más que hayamos sido absolutamente críticos con relación a la década pasada, sobre todo con el autoritarismo imperante, la acumulación de poder, la corrupción desatada, no podemos dejar de pensar en que haber conseguido para el Ecuador la sede de UNASUR no era una mala idea, porque podía estar en ella, la base para que Quito pudiera ocupar el espacio que tiene Bruselas como la sede de la Unión Europea, desempeñando de alguna manera el papel de la capital del viejo continente, en este, el nuestro, el continente suramericano.

 

La idea nunca me pareció descabellada, asistí a la firma de la constitución de UNASUR en Cuzco y pensé que cabía un espacio de integración suramericana, para la que en primera instancia se pensó en atribuirle el nombre de CASA, es decir Comunidad Suramericana.

 

Me preocupa el que se desmantele UNASUR, porque eso dice de la pobreza de miras con la que vemos los procesos de integración, porque una vez más representaría el fracaso de los afanes de trabajar en conjunto en este continente que tiene tanto en común: los orígenes, la cultura, la lengua, y que se piense que por quienes estuvieron en su origen, líderes indudablemente cuestionados, debamos abortar una buena iniciativa.

 

Sería bueno el que la Cancillería ecuatoriana, en esta nueva etapa, retome su liderazgo, haga los contactos debidos y piense en el futuro, en el que el Ecuador y su capital bien podrían ser ese espacio comunitario que tanta falta le hace a nuestro continente, dejando de lado la visión diminuta de que se defiendan intereses de determinados países y se piense en el conjunto.

MIOPÍA CON UNASUR