MI NIETA TULA

El Tiempo

19 de julio de 2011

Es verdad, parece que las aguas turbulentas se calman cuando sostengo a mi nieta entre los brazos, tiene apenas un mes de nacida y siento que al agarrar mi dedo meñique entre los suyos, se ha hecho dueña de mi vida entera.

 

Escuché siempre decir de la taumaturgia que esos pequeños producen en las vidas de sus abuelos, y pensé que eso les ocurría a los otros, sin embargo y a pesar  que tengo a Tula prestada por unos pocos días, a pesar de que sé que su destino está lejos y de que probablemente no escucharé el ritmo de su crecimiento, sé también que mi camino se engarza con el de esta pequeña de tez blanca y labios entreabiertos, de pelusa dorada en la cabeza, de ojos grandes y muy abiertos.

 

Me quedo contemplando su sueño, atenta a la más leve agitación que conmueve su pecho, envuelta como está en sus gorros y pañales, sintiendo que los minutos transcurren lentos y rápidos a la vez.

 

La tengo junto a mí en la cama, he vuelto a recordar la vida con mis hijos pequeños, cuando trataba de hacer todas las cosas al mismo tiempo: mirar la televisión, corregir los exámenes, estudiar para los míos, preparar las clases para mis alumnas. Ahora tal vez lo que ha cambiado, son los instrumentos que utilizo: la televisión de pantalla plana, la laptop diminuta sobre mis rodillas, el balckberry que se agita cada vez que le llegan los mensajes, y al que he silenciado para que su ruido no perturbe a mi Tula.

 

Son ciertamente increíbles los vericuetos que tiene la memoria y que me llegan y traspasan cuando contemplo a mi nieta: las memorias de los cuidados a los hijos, a los chiquitos que se han vuelto grandes  y han tomado su camino.

 

Tula ya no está, se fué con sus padres a su primer viaje a través de los océanos, a la distante Nueva Zelanda, a la tierra de los kiwis o pájaros nocturnos que no vuelan, de los enormes canguros, de los simpáticos koalas. Sus retinas acostumbradas a la geografía quiteña, estarán ahora deslumbradas por nuevas impresiones que se quedarán almacenadas en sus neuronas, así como las primeras palabras en español, en inglés y tal vez en maorí.

 

En lugar de los vientos ecuatoriales acunando su sueño, sentirá el golpeteo de las olas del mar, el aroma de las brisas salinas.Y yo aquí, Tula, esperando que vuelvas con tu sonrisa nueva, con los gorjeos que seguramente aprenderás, con las luces que se desprenden de tus ojos, que impactarán en los míos, en los ojos de tu abuela.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO