MÁS CUENCANA QUE NUNCA

El Tiempo

5 de noviembre de 2012

 

Después de muchos años en los que no había tenido la oportunidad de regresar a Cuenca por sus fiestas de fundación, lo he hecho en estas últimas, motivada por una reunión familiar; he vuelto a sentir la atmósfera que anima a la ciudad en estos momentos especiales.

 

Por supuesto que siempre es grato el volver a la ciudad en la que uno tiene no solo la partida de nacimiento, sino sobre todo las memorias, los recuerdos, las añoranzas.Cuenca se supera a sí misma, se esmera en recibir a los propios y a los visitantes, en ofrecer sus delicias culinarias, en regalar con sus soles vibrantes  a quienes recorren sus calles, sus avenidas, sus parques.

 

He caminado a la orilla del Tomebamba, recorriendo parte del tramo que se encuentra frente al antiguo hospital, por las muestras artesanales panamericanas que ahora se exhiben en la zona, atrayendo a innumerables transeúntes, a quienes se dedican a mirar las cosas, pero sobre todo a escuchar el rumor del río cristalino que nos conduce hasta el Puente Roto, que más bien debería llamarse Puente Caído, en todo caso destruido por el río en sus crecientes.Los arcos del antiguo puente dan cabida a los cuadros que los pintores comarcanos y de allende las montañas llegan para regalar con sus colores a la ciudad, motivados por la asociación de pintores del Puente Roto.

 

Pero también hay artistas que regalan con sus danzas y su música a los transeúntes. La brisa fresca que viene del río es un alivio en medio del calor de un sol candente que no deja de brillar.

 

He visitado a la familia, he caminado por las calles de la ciudad, he degustado las comidas típicas de mi pueblo. He sido parte de sus fiestas, me he sentido más cuencana que nunca, hermanada con una ciudad que se abre ahora para recibir a quienes desde las diferentes latitudes, no solo la visitan, sino que también quieren quedarse en la ciudad, en donde han encontrado espacios más propicios para una vida con proporciones más humanas que las que tienen en sus propios países.

 

Así es Cuenca, la ciudad galana, la culta descendiente de cañaris, de incas, de españoles. La que mixtura en sus cholas las razas y las culturas, la que se brinda en artesanías, en comidas, en poemas, a la que hay que celebrar en cada día que pasa.

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.