LÁGRIMAS POR MI ABUELA

El Tiempo

10 de mayo de 2011

Qué difícil es escribir sobre cosas que tocan tan directamente nuestro corazón, que nos dejan sin aliento, casi sin voz, desolados; pero por otro lado, parece que las palabras nos desbordan, nos permiten sacar ese dolor desde adentro.

 

Mis palabras hoy dicen de un dolor personal y el de mi familia, de mi madre, de mis tíos, de los primos, por la desaparición de mi abuela, la abuelita Lola, querida por muchos, no solo por la familia cercana, sino por todos quienes la conocieron o fueron beneficiarios de su amistad y de su contacto.

 

La abuela era la matriarca, la que gobernaba la hacienda y la vida de los hijos y de los nietos, la sabia que no tuvo mayor tiempo en la escuela, pero con quien se podía hablar de todo, desde las cosas domésticas, las de los terneros por los que se desvelaba, de la fecundidad de ciertos animales, de las cosechas, de los temas de familia, hasta los pioneros de cómo conducir los destinos de un país.

 

Lectora infatigable, de todo cuanto le caía en las manos; en sus anaqueles de Chilchil encontrábamos entremezcladas las novelas, los libros de historia, los tratados de medicina o de astronomía, en una especie de revoltijo en el que no era raro encontrar un diccionario de hebreo o de francés, un antiguo compendio de taquigrafía o un método rápido para aprender mecanografía.

 

Le interesaba el ritmo del deportivo Cuenca, la novedad de las células madre, la infinitud del espacio, las teorías de Darwin, sin por ello dejar de creer en un Dios de infinita misericordia.

 

Todavía siento el ruido del motor a gasolina de la hacienda, en una época en la que no se tenía acceso al tendido de las redes eléctricas, sabíamos que no podíamos leer hasta muy tarde, a no ser que nos aventuráramos a hacerlo a la luz de las velas que ella sabiamente distribuía cada noche.

 

Señora de voz imponente, de risa franca, de mirada inquisitiva. Te vamos a extrañar abuela Lola, nos hará falta tu presencia. Señora de pantalones y de imperio. Ya no estás, ya no tendré la posibilidad de acurrucarme a tu lado, para recordar los tiempos de la infancia.

 

Seguramente estarás jugando interminables partidas de cartas con el abuelo que se te adelantó en el camino, o tal vez una que otra partida de ajedrez en la que te dejarás ganar para tener contento al compañero de siempre.

 

Lolita, la señora Lolita como la conocían los cientos, los miles de personas a los que ayudó, en una especie de tarea de paramédica que ejerció por el puro sentido del deber, por las ganas de ayudar de las que estaba imbuida. La excelente conversadora ya no está más con nosotros.

 

Abuela de más nietos de los que biológicamente pudo tener. Su casa solariega en Chilchil estuvo siempre abierta para todos. No sé cómo conseguía albergar a tanta gente, pero lo hacía con eficacia, con la hospitalidad que la caracterizó.

 

Ya no estás más abuela, nos queda tu recuerdo doña Dolores González Cordero, nos quedan tu voz, tus consejos, tu presencia en la memoria.

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO