ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

Si hay una cosa que cautiva las retinas y nos deja los reflejos impregnados en la mente, es la luz de los países que dan al Mediterráneo, aquel mar calificado como el Mare Nostrum o el Mar Nuestro, por los antiguos romanos y que tan metido está, omnipresente, en buena parte de la historia.

 

Sobre todo en esta época, la de verano, con temperaturas tórridas, con el sudor que se escurre por la piel, no podemos dejar de mirar a un cielo profundamente azul, que también se refleja en las aguas, de variados tonos de azul, unas acercándose al verde esmeralda, otras de un turquesa purísimo, otras de un azul profundo o más claro, todas cautivadoras y mágicas.

 

Para quienes hemos estudiado la historia, y en algunos casos la hemos enseñado, este mar Mediterráneo, tantas veces mencionado, es, desde una visión eurocéntrica, aquel en el que ocurrían todas las cosas, desde las guerras y grandes aportes de la Grecia clásica hasta las conquistas romanas, pasando por la utilización del aceite de oliva, de los vinos destilados de las uvas, en fin, casi todo.

 

Ya en nuestros tiempos, es cuando otro mar, otro océano viene a convertirse en el centro del comercio mundial, el enorme mar océano, el Pacífico, por donde transitan las naves cargadas de productos, muchos de ellos destinados a la voracidad o que vienen desbordantes de los bienes elaborados en sus tierras, de la milenaria China, un gigante que durante un tiempo parecía aletargado, pero que ahora está demostrando un enorme poder.

 

Sin embargo, el Mediterráneo continúa deslumbrando con la riqueza de su historia, de sus colores inolvidables, de los episodios que a su vera o en sus aguas se dieron. Hay también tragedias infinitas, las de los migrantes que sucumben en sus aguas y que nos dejan ese trago amargo de los injustos destinos de los seres humanos, aún al borde de un mismo mar.

LA LUZ DEL MEDITERRÁNEO