ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

Si bien la actividad política ha alcanzado altos niveles de rechazo por la forma en la que se ha conducido el país en determinados períodos, sobre todo el de la década correísta, y hemos coincidido con muchos en una mirada crítica a lo que políticos en ejercicio de cargos públicos le han hecho al país; esto no quiere decir que la política en sí misma sea algo que deba rechazarse y peor banalizarse.

 

Esa banalización ocurre de diferentes maneras, como cuando no se toma en serio lo que implica la actividad del manejo público por ejemplo, o cuando se insinúan formas o comportamientos que ponen de manifiesto una liviandad en el trato de la actividad misma o de quienes la ejercen.

 

La banalización llega a su extremo, cuando se confunde, por ejemplo, a los oyentes de una radio, a los lectores de un periódico o a los televidentes, pero también a quienes frecuentan redes sociales o páginas de internet; se confunde decía, poniendo en el mismo andarivel o estableciendo similitudes entre quienes tienen comportamientos corruptos y quienes se apegan a la ética, a los valores, en su desempeño público o privado.

 

Si la banalización se produce por parte de periodistas o comunicadores, la situación es más grave, dado el impacto que sus palabras o acciones tienen en la ciudadanía, que se hace eco, como una caja de resonancia, de lo dicho, insinuado, sugerido, por parte de quienes deberían guardar una verdadera sindéresis.

 

Volver trivial lo importante, aparece, sobre todo en momentos como los que vive el Ecuador, en un acto grave, que perjudica a la ciudadanía y que afecta a la juventud que está en proceso de formación.

LA BANALIZACIÓN DE LA POLÍTICA