GUALACEO

El Tiempo

25 de mayo de 2015

 

Cuando se vuelve después de que han pasdo los años a un lugar que nos ha sido querido en la infancia, se agolpan los recuerdos, se advierten los cambios, se saborean las nostalgias, también se siente como un retorno en el tiempo, como dejar atrás los años transcurridos y observar con la mirada limpia los lugares, los rostros, los espacios.

Gracias a invitaciones de jóvenes, eso me ha sido posible con una hermosa ciudad de la provincia del Azuay, Gualaceo, de nombre eufónico, de tierras bañadas por el río Santa Bárbara, de fundación probablemente anterior a la ciudad de Cuenca, que ha sabido reinventarse a sí misma, en base al trabajo de su gente.

En dos oportunidades en lo que va de este año, he podido dialogar con los jóvenes, primero con los estudiantes del colegio Santo Domingo de Guzmán, de las madres dominicas y luego con los integrantes del club rotario en sus divisiones juveniles, los interact de varios rincones del país.

Eso me ha proporcionado el pretexto, absolutamente válido, para recorrer las viejas calles del entrañable Gualaceo, probar nuevamente sus platillos típicos: el hornado con los llapingachos, el rosero, las quesadillas y las roscas de yema, pero también ver vibrar a una población que le debe mucho de su progreso al turismo, de gente que quiere conocer su centro histórico, pero también experimentar las frutas que hicieron en tiempos anteriores el famoso festival del Durazno, pero que ahora se plasma en las innúmeras fábricas de zapatos que le han dado una bien ganada fama de gente industriosa, así como las macanas, textiles hábilmente tinturadas con tintes naturales y que han rebasado las fronteras nacionales.

Gualaceo es un jardin, el interés en las orquídeas se ha vuelto ya una constante, y son muchos los que visitan esta tierra para contemplar y adquirir los más bellos ejemplares de estas especies hace no mucho consideradas exóticas.

Pero lo que más ha llamado mi atención en estas dos visitas consecutivas a Gualaceo, es ver el empuje de su juventud estudiosa, que ama a su tierra, que se prepara y regresa para enfrentar nuevos retos y emprendimientos y que se sienten totalmente identificados con un pasado de tradiciones y con un futuro alentador y de esperanzas. He visto entusiasmo en sus expresiones, fortalezas para actuar y decidir, lo que nos deja un sabor de alegría y de fe en el futuro.

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.