ROSALÍA ARTEAGA SERRANO

 

En el Ecuador, parecería que la capacidad de asombro está llegando a límites insospechados, cuando nos enteramos, casi que cada día, de situaciones que rebasan lo que puede construir hasta la más febril imaginación.

 

Así, el asilado político que por más de seis años le ha costado al país una importante cantidad de recursos y sobre todo dolores de cabeza en sus relaciones internacionales, ha decidido demandar al Ecuador, país que finalmente está imponiendo condiciones para su incómoda permanencia en la legación diplomática en Londres, y es nada menos que el otrora admirado juez Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial en España, quien funge como abogado del Sr. Julián Assange en su causa en contra del país que le ha brindado asilo.

 

Por otro lado, también nos ha llenado de perplejidad la constatación, certificada por las autoridades pertinentes, del sindicado por la justicia ecuatoriana, Fernando Alvarado, ex secretario de comunicación y de otras carteras de estado durante el gobierno de Rafael Correa, quien, aparentemente con toda facilidad ha burlado a la justicia, el Ministerio del Interior nos debe una explicación, deshaciéndose del grillete electrónico, aparentemente muy seguro, y luego se ha fugado del país, en una especie de saga en la que va dejando pistas y hasta se despide y agradece la cordialidad con la que ha sido tratado.

 

En estos dos casos mencionados, el primero el affaire Assange, sigue pendiente el grado de responsabilidad de la entonces Ministra de Relaciones Exteriores, ahora Presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas y en el segundo, el relacionado con la fuga de Alvarado, el papel jugado por las autoridades de turno: Ministra del Interior, Ministro de Justicia, Fiscal General, quienes están obligados a informar en detalle lo ocurrido y transparentar quienes estaban encargados de registrar el que no se cometan fraudes en contra de las seguridades establecidas para evitar la fuga de quienes usan los dispositivos electrónicos.

 

Estos escándalos hacen que la fe pública en las instituciones tambalee y que sintamos que asistimos a una parodia de incalificables consecuencias, con ejemplos nada edificantes para las nuevas generaciones que se mueven, más que por las enseñanzas teóricas, por lo que miran en su entorno.

ESCÁNDALO TRAS ESCÁNDALO