CUENCA LA DE SIEMPRE

El Tiempo

4 de noviembre de 2014

 

Cuando de hablar o escribir sobre la ciudad natal en la que no se vive más se trata, hay indudablemente un sentimiento de nostalgia, de pérdida, de hueco en el alma. Pero también se hacen presentes, a borbotones, las recordaciones, sobre todo cuando uno vuelve sobre sus pasos y camina nuevamente por sus calles.
 
Eso me pasa cada vez que regreso a Cuenca, una ciudad que gana en belleza con los años, que se acicala, que, aunque por supuesto tiene los visos que la modernidad genera, por otro lado, se ha empeñado en mostrar lo mejor de si misma a propios y extraños.
 
En estos días en que paseo por la ciudad, contemplo más casas recuperadas, más detalles resaltados, espacios que han sido recuperados para ofrecer nuevos servicios, hoteles en lugares en los que antes no había más que viejos caserones abandonados o semi-derruidos, nuevos restaurantes, tiendas en que hasta los objetos más usuales lucen de nueva manera, ferreterías viejas que lucen un encanto nuevo, las eternas polleras de las cholas circulando por las calles y junto al río, o que se ofrecen a la venta colgadas en las perchas de las tiendas de antaño, junto a las blusas bordadas, a los chales, las macanas, a las ropas de niño listas para los famosos Pases.
 
Y es que hay tanto que ver en la ciudad, la recuperada Casa de la Provincia, los museos, los conventos, las viejas iglesias, los alrededores con las montañas omnipresentes, las calles adoquinadas por las que uno puede caminar eternamente, apreciando cada vez como nuevos los detalles que antes se nos pasaron desapercibidos.
 
Cuenca tiene sus olores propios, los que salen de las panaderías artesanales, cuando el pan se leuda y se amasa, los de los dulces aromáticos, los de las flores por doquier, pero que tienen su espacio propio, consagrado en la reconocida Plaza de las Flores.
 
Cuenca tiene su propio perfil, el que le proveen las cúpulas de sus catedrales, dos a falta de una, los de sus numerosas iglesias, los de sus ríos cantarinos y únicos, los de sus puentes y barranco, los de las gentes que deambulan por sus calles.
 
Y cuando se engalana y vive sus fiestas, haciendo acopio de sus artesanías, de lo mucho que puede ofrecer, es frecuente ver a sus nuevos habitantes, a los que llegaron de tierras lejanas, detenerse enamorados de su encanto ya para siempre, decididos a quedarse y a adoptar a Cuenca como su nueva morada.
 
Así es esta ciudad dotada de alma, así es la Cuenca de los Andes, la que se encuentra celebrando sus fiestas de independencia en medio de canciones, de vientos y de soles. 

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.