EL PUÑAL

El Tiempo

6 de septiembre de 2012

 

Escribo este editorial en medio de las lágrimas, con el dolor que aqueja a mi familia, a mi tío Pepe, a Rocío, a mi madre, a los tíos, a mis primos los hermanos de Juan Antonio, a todos quienes conformamos el entorno familiar, pero también a los múltiples amigos que tuvo un joven bueno, profesional destacado en su campo, y desde luego a la sociedad ecuatoriana, que se ve una vez más conmocionada por un crimen, por un espantoso asesinato que nos demuestra la inseguridad y la indefensión de los seres humanos, sumergidos otra vez en una especie de selva, de espacio en el que el hombre es lobo del hombre.

 

El arma homicida ha segado una vida, se ha llevado consigo sueños, planes, risas. El puñal aleve cercenó la carótida, dejando un reguero de sangre, un reguero de miedos, de angustias, de desesperación.

El puñal en las manos de un criminal es un arma tremendamente mortífera, sobre todo si quien la empuña sabe que es lo que quiere conseguir.

 

Los recuerdos de la infancia de Juan Antonio mezclados con los de mi hermana menor,  las risas, las celebraciones, se arremolinan en mi memoria y en mi corazón. Compartió momentos con mis hijos, en el barrio, antes de que saliéramos de la ciudad, con un destino que pensamos transitorio hacia la capital de la república.

 

Queda el vacío, el hogar sin el hijo, sin la esperanza que todos los hijos representan, sin los sueños que todos nos forjamos cuando tenemos por primera vez en nuestras manos el cuerpecito caliente y resbaladizo.

 

La sensación de irrealidad que la muerte produce y más si es violenta como en este caso que nos desgarra, nos deja atónitos, hermanados con todas las otras víctimas y sus familias, que ya en el caso ecuatoriano han dejado de ser esporádicas situaciones, para transformarse en parte de la cotidianidad de una sociedad que se va acostumbrando a vivir en medio de las noticias de crímenes, de atentados, de asaltos. No podemos quedarnos con los brazos cruzados, el dolor nos debe incitar a construir una sociedad mejor, en la que no tengamos que lamentar situaciones como las que ahora nos enlutan, en la que no tengamos temor de los extraños y sintamos más solidaridad por todos.

 

Estoy sintiendo que pasamos de la violencia verbal a una violencia más burda, más primitiva, al afán de agredirnos los unos a los otros, lo que destruye sociedades y deshumaniza al hombre.

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.