EL NACIMIENTO DE UN NIÑO

El Tiempo

24 de diciembre de 2013

 

Estos tiempos de fiestas navideñas aparecen cargados con una cantidad enorme de simbolismo, de entrega, de dación, de pensamientos positivos.
 
Es verdad que las celebraciones navideñas aparecen teñidas con el color del comercio, con la venta desaforada de adminículos de todo tipo, con el correr en búsqueda de los platos que adornarán las mesas, de los vestidos que cubrirán los cuerpos.
 
Pero también éste, y a pesar de todo lo que se diga, es un tiempo en el que la solidaridad aflora, se hacen presentes los mejores sentimientos, tanto para saludar a los amigos a quienes tal vez se los tenía descuidados, como para llegar con un gesto de amistad, de recordación a quienes no se conoce, para quienes la presencia de una mano solidaria puede significar una gran diferencia.
 
La esencia de la Navidad, como esa recordación del Niño en el Pesebre, del Dios que accede a dejar su reino para encarnar en un ser que inicia la vida y que sabe que será sacrificado, en beneficio de la humanidad, contiene los elementos de una bondad, de una entrega cuya desmensura sorprende y deslumbra.
 
La simbología de la Navidad, con toda su carga de sentimientos, es una manera de obligar a volver los ojos hacia los demás, a quienes tienen y a quienes no, a los que han olvidado los sentimientos de solidaridad, de amor, pero también a los que lo han perdido, a quienes sufren carencias y transcurren solitarios.
 
Por ello, en medio del tráfago de lo que en estos días vivimos, es necesario hacer una pausa de reflexión, para pensar en el verdadero sentido de la Navidad, en lo que entraña toda la simbología cristiana, que de alguna forma transforma el mundo y trata de volverlo mejor. La pertenencia a una religión o a una tradición judeo-cristiana, forman parte también de la cultura, de la manera de ser de una civilización entera, que va trazando los referentes y nos va dando un sentido a las vidas, que, de lo contrario, tendrían tal vez una mayor similitud con un hormiguero ajetreado, sin mayor interés que el de la supervivencia diaria.
 
La mano amiga que se extiende, la filantropía que se hace presente de una u otra forma, el pensar en los cambios de actitudes, en mejorar, en ser más completos seres humanos, otorga una trascendencia de la que la Navidad forma parte, con su cúmulo de músicas, de canciones, de colores, de olores que se riegan, de ternuras que se desprenden de los ojos, de sonrisas que se descuelgan de las comisuras de los labios.
 
Para todos los amigos lectores, deseo que el espíritu de la Navidad se haga presente en nuestros hogares y que  nos traiga paz, tranquilidad, solidaridad y chispitas de luz en nuestros ojos.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.