EL BUEN EJEMPLO DE BENEDICTO

El Tiempo

19 de febrero de 2013

 

Somos dados a criticar o a encontrar razones ulteriores respecto a las decisiones que toman las personas, más si éstas tienen una gran visibilidad.

 

La reciente renuncia al Pontificado del Papa Benedicto XVI ha agitado una serie de comentarios, pasando por la natural conmoción que una renuncia única en alrededor de 600 años dentro del gobierno de la Iglesia Católica causa, a tratar de desentrañar el porqué de la decisión.

Si tomamos lo que el propio Papa dice, es razonable aceptar que a los 86 años, con algunos quebrantos en su salud, confiesa que ya no tiene la energía necesaria para conducir a la grey de Pedro en estos tiempos de aguas revueltas y en los que tenemos la tendencia a cuestionarlo todo.

 

Este ejemplo contrasta con lo que está aconteciendo en nuestro hermano país de Venezuela, en donde un Presidente, de quien algunos dudan si está vivo o si estará con la capacidad suficiente para gobernar a su país, se aferra o más bien su entorno lo hace, a no dejar el poder, a querer mantenerse hasta el último en el goce del poder, con todo lo que ello trae aparejado.

 

La del Papa Benedicto me parece una actitud razonable y digna de aplauso, la del presidente venezolano Chávez de una irresponsabilidad absoluta respecto de lo que ocurre en el país, con sus habitantes y hasta con sus propios seguidores, sumidos en una angustia comprensible, y haciendo que la inseguridad haga presa más que nunca de un pueblo que a pesar de todo le ha mantenido su fidelidad.

Solamente en los regímenes totalitarios se puede ver ese grado de secretismo respecto a la salud de sus líderes, ese ocultamiento de la verdad, ese impedir que se filtre información respecto del estado de salud de quien lidera una nación.

 

Las personas debemos saber cuándo ha llegado el momento de retirarnos, cuando nuestro accionar o nuestra pasividad le pueden resultar perjudiciales al grupo, institución, país al que representamos.

Claro que la reciente renuncia del Papa pone de relieve también otras realidades con las que no estamos de acuerdo, por ejemplo la prohibición del voto a los cardenales que han cumplido los ochenta años, sin tomar en cuenta que muchos de ellos tienen una gran lucidez mental y una gran experiencia.

 

Este mundo en el que las gentes vivimos más gracias al avance de la ciencia y particularmente de la medicina, parecería un despropósito dejar de considerar a las personas para trabajos y posiciones, por considerarlos demasiado viejos. Lamento el que para la mayor parte de empleos se exija juventud  y se descalifique a los que pasan de 60 o incluso de 50 años, las sociedades se están privando del bagaje de la experiencia que solo los años acumulan.

 

Son las contradicciones que nutren desigualdades y discrímenes en un mundo que se dice más incluyente.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.