ROSALÍA ARTEAGA SERRANO


Cuando ocurren estas situaciones de la naturaleza, siempre existen dos lados que deberíamos analizar. El uno es la dramática situación para los habitantes, para las personas que sienten en carne propia el dolor de las pérdidas humanas y el acabarse, en muchos casos, de sus posesiones materiales.
 

Pero hay otro lado, y es el que quiero resaltar en este comentario y tiene que ver con la solidaridad de los propios nacionales y extranjeros, primero en las actividades inmediatas de rescate, de salvaguardia de las personas afectadas, en extenuantes jornadas de personas voluntarias o de los especialistas que se convocan inmediatamente de ocurrido el desastre, y luego viene la larga cadena de envíos, de entregas solidarias, como las que vivimos en el Ecuador luego del terremoto del 16 de Abril.


Es lo que está ocurriendo en estos mismos momentos con nuestros hermanos mexicanos, que sufrieron otro devastador terremoto, así como también con los de Puerto Rico, de República Dominicana, de diversas islas asoladas por los huracanes, que se han ensañado con la zona, que ha soportado oleadas sucesivas que van dejando desolación y muerte.
 

Lo importante es que esos apoyos sean sostenibles en el tiempo. Las reconstrucciones no se hacen de un día para otro, las heridas no se restañan inmediatamente. Hay tiempos extendidos en que esa solidaridad se hace necesaria y nos da la idea de la dimensión de la ayuda que se necesita.


El fragor de los fenómenos naturales se siente más ahora que antes, las poblaciones en los diversos lugares han crecido, el peso poblacional es enorme, lo que muestra de manera más sensible lo dramático de huracanes y terremotos y nos deja como un tremendo rastro de dolor y de muerte, pero también la sensación de que no estamos solos, de que la solidaridad entre pueblos y personas vuelve menos duros los episodios y más humano el rostro del dolor.

DE HURACANES Y TERREMOTOS