COMIDA EN LA ESCUELA

La Hora

30 de octubre de 2013

Uno de los avances en la política social en cualquier gobierno, es el de proveer alimentación a los niños en la escuela. Está comprobado que el buen rendimiento escolar tiene mucho que ver con la calidad de alimentos que ingieren los más pequeños. Cuando se hacen análisis del porqué de la deserción escolar en los estamentos más pobres de una sociedad, así como de la repitencia escolar o de las malas notas en los primeros años, se ve que una de las causales más destacadas es la escases de nutrientes, la pequeñez de las porciones, la falta de cuidado a las personas más frágiles de una sociedad como son los niños.

 

Por ello, a lo largo de las décadas, los ministerios de educación, en conjunto con organizaciones internacionales como el Programa Mundial de Alimentos, se han preocupado de proveer al menos un desayuno nutritivo a cientos, cuando no a miles y hasta a centenares de miles de niños asistentes a los centros educativos.

 

En algunas temporadas, se desarrollaron otro tipo de programas, destinados a proveer también el almuerzo escolar, contando siempre con el apoyo de las asociaciones de madres de familia, quienes, en muchos de los casos, asumieron compromisos para cocinar los alimentos, para añadir algunos componentes de las cocinas tradicionales o regionales. Las diferentes instituciones proveyeron de cocinas y menaje de cocina y comedor a las instituciones, y con ello se garantizaba al menos la provisión de dos comidas dignas a los estudiantes, con lo que hasta aumentó la matrícula escolar y sin duda mejoraron los rendimientos.

 

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, es notoria la queja de varios establecimientos educativos, quienes no cuentan con el servicio de almuerzo escolar y  se menciona que el tan promocionado desayuno escolar consiste solamente de una galleta que se entrega a los niños y que es rechazada por los mismos por su mal sabor, o porque no forma parte de los hábitos alimenticios de los niños.

 

Creo que se hace necesaria una reestructuración de este tipo de programas en base a la evaluación de lo existente, así como preguntarse qué está pasando con las promesas de mejorar la calidad de vida de los ecuatorianos, sobre todo de los más necesitados.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.