A LOS TIEMPOS....

La Hora

28 de marzo de 2013

 

Una de las características de la juventud es la rebeldía, el tratar de romper los esquemas, el protestar, a veces pletóricos de razones, en ocasiones sin estar asistidos por ellas. Pero inclusive en estos últimos casos habría que valorar el arrojo, el desprendimiento, la mística, las energías de las que la juventud, en todos los tiempos, ha hecho alarde en los diferentes escenarios del mundo.

 

En el Ecuador, un fenómeno curioso está ocurriendo en los últimos años, la juventud está callada, como que pendiente solamente de sus propios personales problemas, como que la solidaridad se ha marchado de la visión de quienes por excelencia son los más generosos con su tiempo, con sus esfuerzos en su lucha por las causas nobles.

 

Claro que quienes han intentado dejar de lado la inercia, y ojo que aquí no justificamos ni denigramos de sus razones, ni estamos haciendo un análisis de ellas, se encuentran en situaciones difíciles. Así, todos recordamos a los diez de Luluncoto, inclusive a la joven gestante que fue apresada, a los jóvenes de la universidad católica de Guayaquil que intentaron hacer escuchar sus voces, y más recientemente a los jóvenes del Central Técnico.

 

De ninguna manera podemos estar de acuerdo con vandalismos y desórdenes, pero si con las protestas que se llevan a cabo con altura, que luchan por la justicia, por hacer oír sus razones.

 

Por ello nos sorprende la última marcha organizada por la Universidad Central del Ecuador, en protesta por la obligatoriedad de jubilación a los setenta años, lo que, aparentemente dejaría vacíos imposibles de llenar, sobre todo en una época en la que lo que se valora son los títulos universitarios, que no pueden ni deben improvisarse, so pena de caer en la devaluación más absoluta.

 

Los jóvenes tienen miedo de expresarse, miedo de ir a dar con sus huesos en la prisión, de recibir sanciones disciplinarias en sus propios establecimientos educativos.

 

El miedo no es bueno, adormece y entumece a los pueblos y tiende a colocar la autoestima de sus integrantes en los más bajos escalones. Suele también explotar, cuando las cosas se ponen más tensas, con impredecibles consecuencias para toda una sociedad.

 

 

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.