ROSALÍA ARTEAGA SERRANO
Cuando, desde los primeros años del gobierno anterior, algunas personas, entre las que me cuento, advertíamos lo que estaba ocurriendo a los diferentes sectores de la educación, en el gobierno de la denominada revolución del Siglo XXI, pensaban que estábamos exagerando o que nos cegaba la poca simpatía que teníamos por el gobierno.

 

Sin embargo ahora, cuando apenas han pasado unos pocos meses desde la salida de Correa y una parte de su cohorte, porque todavía hay muchos enquistados en los diferentes espacios de gobierno, se empiezan a ver las costuras a lo que se publicitó con tantos bombos y platillos y con los consiguientes gastos publicitarios.
 

Y no hablamos solo de los elefantes blancos que son las escuelas del milenio, sino sobre todo los contenidos, los sistemas adoptados, dejando de lado las voces de la experiencia  y la advertencia sobre temas tan sensibles como el cierre de las escuelas comunitarias, el acoso en contra de la educación bilingüe, las falencias en los textos escolares, la insistencia en novelerías sin un fundamento real como las jornadas de ocho horas para los maestros, la anulación de las clases de inglés para recién volver a establecerlas, la suspensión de las clases de computación; en fin, son tantos los temas que resulta muy larga la enumeración.
 

Ahora, un reciente informe de la CEPAL pone otra vez las alertas sobre lo que ha ocurrido con la educación ecuatoriana, y califica como de FRACASO, la revolución educativa.
 

La reducción de escuelas de má de 19.000 a 5.000 tal como lo planteaba el entonces ministro Espinosa, fue un atentado contra la educación ecuatoriana, un retroceso en la vida comunitaria, un disparate por el que hemos empezado a pagar las consecuencias.

AHORA MNUCHOS COINCIDEN