MAL DE MUCHOS

La Hora

25 de abril de 2012

No voy a referirme en este artículo a la política o a otros problemas que indudablemente ameritarían un título semejante, porque parece que las dificultades son similares en la mayor parte de ciudades y de países.

 
En esta oportunidad quiero hablar del tráfico, sí, del tráfico que parece ser un síndrome que amenaza con ahogar a las ciudades, de volverlas en espacios no aptos para los humanos, en los que solamente queda lugar para los vehículos que se amontonan en hileras informes en las calles y avenidas, inmovilizando a las personas.
 
Antes, hace algunos años, constituía un alivio regresar a Quito o a Cuenca, luego de deambular por las grandes urbes de nuestro continente, me refiero a Sao Paulo o Río de Janeiro, Lima, Bogotá, Buenos Aires, Caracas.
 
Pero ahora, con el incremento de los carros en las ciudades ecuatorianas, se ha vuelto un verdadero suplicio el trasladarse de uno a otro extremo de la ciudad, y a veces no hablamos ni siquiera de los extremos, parecería que hasta cuando nos movilizamos a distancias no tan alejadas, pero a las que nos vemos obligados a tomar algún transporte, sea público o privado, los atascos son tales, que la paciencia se acaba y los ánimos se exasperan.
 
Parece que el mundo le está quedando pequeño al número de vehículos existentes, ya la gente se está empezando a acostumbrar a demorarse horas y horas en llegar a su trabajo o en regresar a su casa.
 
La irracionalidad de la transportación más el crecimiento del parque automotor, confabulan en contra de la tranquilidad ciudadana.
 
En las últimas semanas he padecido de estos conflictos del transporte en Caracas, Bogotá y en nuestras ciudades, y claro, casi pierdo el avión al trasladarme desde Turrialba a San José, en Costa Rica.
 
Qué vamos a hacer? Hay que usar menos carros, caminar, conducir bicicletas, pensar en transportes masivos como los trenes elevados? Los planificadores de las ciudades y las autoridades respectivas tienen la palabra.

 

ROSALÍA ARTEAGA SERRANO.